Cuando escribo una poesía o una narración, el mundo de mi alrededor se desvanece. Si escribo una aventura medieval, la habitación se convierte en un aposento para un trovador en un castillo y allí improvisa sus versos. Si la aventura se desarrolla en un bosque o en una llanura, me siento como cabalgando y protagonizando una escena. En el caso del volumen Una balalaika para Vladimir tenía diversos escenarios, la aburrida oficina, un despacho, luego parajes exóticos y mucha acción. Parecía que yo era un compañero más del Comando Pantera y contaba sus misiones. Reinaba el compañerismo y la solidaridad, lo cual no se puede decir de los actuales trabajos, donde uno aplasta al otro para subir de categoría o para mantenerse en su puesto.
Estos días de verano os podéis imaginar que no hay actividades literarias y yo tampoco no he escrito nada. Ahora espero que siga el proceso de mi volumen Todhäuser, historia de un disidente nazi. En realidad me gustan más los otros relatos pero con frecuencia debo publicar un tema que desea la gente y para el autor es molesto o no le gusta. En estos momentos me preocupa que me pongan en la wikipeda mi biografía literaria, pero esta actividad lleva tiempo.
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