Cuando entré en la Universidad y empecé la carrera de Geografía e Historia, me presentaron en los pasillos, entre clase y clase, al director de una revista, Arrels, se publicaba en Amposta y sus alrededores. Allí me imprimieron con mi máxima alegría las primeras dos poesías firmadas con seudónimo. Se titulaban El cementerio abandonado y El vals. En la primera composición se me notaba el gusto por lo morboso y macabro. Sabéis que posteriormente me han publicado numerosos cuentos de terror. En la segunda poesía se notaba mis gustos por la música clásica. Siempre he admirado las composiciones de Vivaldi, Mozart, Beethoven, Brahms, Mahler y más compositores. Pero siempre he rechazado a los autores vanguardistas. Los respeto, pero sus obras no son adecuadas para mi acostumbrado oído. Mi libro Sinfonía andina y otras piezas musicales no se trata de una casualidad. Mis preferencias por la música clásica me obligaba a poner ciertos títulos de novelas, cuentos y poesías como piezas musicales. Os lo explicaré en otro contexto. Para mí una palabra es como una nota musical. Un párrafo es como una melodía y sucesivamente se va escribiendo la obra. De esta manera nacen algunos cuentos y poesías. En el segundo caso es más fácil para mantener la musicalidad, la rima y el ritmo en los versos.
Estos días de verano os podéis imaginar que no hay actividades literarias y yo tampoco no he escrito nada. Ahora espero que siga el proceso de mi volumen Todhäuser, historia de un disidente nazi. En realidad me gustan más los otros relatos pero con frecuencia debo publicar un tema que desea la gente y para el autor es molesto o no le gusta. En estos momentos me preocupa que me pongan en la wikipeda mi biografía literaria, pero esta actividad lleva tiempo.
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